“Lo que veía era el contorno en altorrelieve de una anciana dormida. Lo que veía era una piedra, el gran peso de una losa pétrea y sepulcral que dice: la muerte eso solo muerte…no es más que eso”Roth, 2014 p90
Duras palabras que pocos
dedicarían a las memorias del fallecimiento de su madre, pero acertadas dentro
de una novela donde la muerte poco tiene de místico o extraño y mucho de
inevitable y aterrador. Es esta clase de relato reflexivo el que encontramos en
Elegía (Everyman en su título original)
de Philip Roth, una novela sobre la presencia constante y natural de la
muerte en la vida de un hombre cualquiera
cuyo nombre no conocemos, pero cuya vida escudriñaremos en búsqueda de sus
confrontaciones con la mortalidad, la pregunta por cómo y para qué vivir, las
crisis propias de la vejez, lo natural de la presencia de la muerte en
distintas etapas de la vida, así como el miedo a enfrentarla y los esfuerzos
vanos por huir de ella.
El narrador se muestra implacable con el protagonista, tan duro como solemos ser con nosotros mismos en los momentos de insomnio. Sin embargo, Roth no condena: trata de entender y de poner en escena a un hombre, cualquier hombre de nuestra sociedad y nuestro tiempo –como sugiere el título original del libro, Everyman– que sopesa las decisiones tomadas a lo largo de su vida. (Nettel, 2006)
El relato comienza
durante el funeral del protagonista, un judío y expublicista que deja tras sí tres
hijos de los cuales dos le odiaron hasta el final de sus días, tres matrimonios
fallidos, un hermano mayor que le sobrevivió y unos cuantos antiguos compañeros
de trabajo. A partir de este punto realizaremos un viaje que inicia en su niñez
y termina varios años después, justo cuando la muerte lo toma desprevenido en
el quirófano. Este viaje queda marcado por la enfermedad, los episodios de
hospitalización donde comienza y se fortalece el miedo a la muerte y las
reflexiones durante la vejez en torno a los autoengaños, errores y aciertos de
un hombre ni excepcionalmente bueno ni escandalosamente malvado, pero retratado
con tal franqueza en sus fortalezas y debilidades que su historia no solo es
factible, si no conmovedora por su propia naturalidad. El relato es tan íntimo
y empático como para lograr que la narración en tercera persona no distancie al
lector de las vivencias de este personaje, y el lamento por la muerte se plasma
con sinceridad sin tener que caer en una larga agonía explícita, sino como el
lento decaimiento durante la vejez donde lo único que queda es revisar las
fallas del pasado y confrontarlas con la soledad del presente, con la
inminencia de la pequeñez del individuo frente a lo inevitable.
El primer período de
hospitalización importante del protagonista se da durante su infancia debido a
una hernia. La vulnerabilidad y el miedo aparecen para definir ese momento: es
la primera vez que pasará la noche lejos de su familia, preparándose para una
operación y con el recuerdo fresco de un cadáver que encontró en un paseo por
la playa poco antes. Esto se une a la desalentadora imagen de su compañero de
cuarto en el hospital, un niño más o menos de su edad que no consigue
sobrevivir esa noche. La muerte se presenta en forma de niño enfermo y esto es
razón mayor para temer a la cirugía pese a las garantías que tanto los médicos
como sus padres le han dado. El temor del niño es tan grande que cuando su
compañero de cuarto entra en crisis durante la noche, las sombras de los
médicos tras la cortina que los separa parecen las de asesinos de pesadilla
listos para tomar la vida del pequeño, no la de los profesionales azarados por
salvar a alguien. El contraste entre el miedo que le provocan estas sombras y
la aparición de la enfermera a su lado para calmarlo y pedirle que duerma se
une con la imagen de la cama vacía al día siguiente, una serie rápida y
repentina de eventos como lo serán las crisis que le aguardan en el futuro.
El tiempo dedicado a la
infancia no es mayor, pero sí determinante en referencia con los eventos a
futuro. La caracterización de un niño gentil, hijo del dueño de una joyería,
con una buena salud salvo por el incidente de la hernia y otro problema menor,
funda las bases de los sueños de ese pequeño que deseaba ser artista, desearía
luego ser buen esposo, luego buen padre, y en algún momento fallaría en ello.
Esta breve mirada sobre la tienda de joyas da algo de contexto sobre los
orígenes de este hombre cualquiera, su
buena salud, la de su familia y el ambiente ameno de su crianza. El espacio
dedicado a hablar de los relojes que su padre solía recibir bien fuera para
reparaciones o para pagos iniciales, se pone en paralelo con la durabilidad de
las joyas que se venden en la tienda, lo irreparable de los unos y la
durabilidad de las otras. Los relojes que no tenían forma de repararse se
apilaban por montones en los cajones, se sacaba de ellos partes que pudieran
servir aún pero no se tiraban a la basura, sino que estaban ahí para ser
examinados por el niño curioso. La vida de uno solo se pierde, como muchas
otras, pero las memorias sobreviven un poco más, el legado prevalece por más
tiempo.
Tras este episodio
pasamos rápidamente, sin más aviso que un mayor espacio entre un párrafo y
otro, a su siguiente malestar varios años después cuando ya se encuentra con su
segunda esposa, Phoebe. Aun gozando de juventud y tras años de buena salud,
dieta sana y ejercicio, nuestro protagonista se encuentra angustiado ante la
grandeza del cielo y se hace consiente de su propia insignificancia, embargado
de repente por el miedo a lo pequeño que él mismo resulta frente a todo cuanto
le rodea. Se nos dice que ha estado en la guerra de Corea y que ni siquiera en
ese entorno llegó a sentir un temor semejante, es más, se encuentra en el mejor
momento de su vida ¿Qué puede ser ese temor, esa repentina conciencia de la
fragilidad humana? Parece ser la antesala a la enfermedad venidera de la que
aún no puede saber, y más adelante se relacionará con la fragilidad de la vejez
que todavía ve lejana. Así mismo nos permitimos saber un poco sobre Cecilia, su
primera esposa, y la manera en que él decidió abandonarla tras descubrir que el
ideal de matrimonio que había tenido en mente no era el que le aguardaba con
ella. Phoebe es más dócil, joven y cariñosa, y aunque está convencido de haber
tomado la decisión correcta, no deja de sentir culpa por romper la estabilidad
de esa familia: Dos hijos que lo odiarían hasta la muerte, una exesposa herida
que haría igual.
Estos datos en apariencia
anecdóticos están ahí con el fin de presentar la discrepancia entre la imagen y
proyectos que tenía para sí, y lo que la vida le ha ofrecido en cambio, mostrar
el abandono de ciertos sueños en pro de una realidad más estable o mejor. El
personaje se considera a sí mismo muy tradicional, chapado a la antigua si queremos emplear el calificativo dado en la
novela, y confiesa que al casarse con Cecilia creía en una relación que durara
hasta la muerte; sin embargo, la realidad llega en forma de matrimonio fallido
para enseñarle que los planes no siempre funcionan tal como se espera y a veces
es necesario enfrentar el desacierto, destruir la estabilidad para buscar la
felicidad. Así mismo, recuerda el abandono de su sueño de convertirse en
artista debido a lo poco rentable de dicha profesión, y la manera en que pese a
desempeñarse exitosamente en el área de publicidad vive planeando un retiro en
el que pueda pintar cada día. La imagen que tenía de sí mismo ha comenzado a
venirse abajo poco a poco, y el golpe de una peritonitis casi mortal será la
primera prueba de la velocidad a la que puede deteriorarse la vida humana hasta
quedar al borde de la muerte. Ni la felicidad ni la vida activa pueden poner
freno a la enfermedad, y se requiere de un esfuerzo médico para escapar del fin.
Las palabras que su médico le pronuncia mientras se recupera en el hospital son
pocas pero contundentes, cuando con impaciencia pregunta por su fecha de
salida, preocupado por perderse el otoño de 1967: ¿Es que todavía no lo entiende? Ha estado a punto de perdérselo todo. (Roth,
2014 p.40)
Pasaran veintidós años
antes de volver a encontrar a este hombre contemplando de cerca la muerte. La
novela no trata de enfocarse en la cotidianidad sino en las crisis, por lo que
será a raíz de estas que conoceremos otros aspectos de la vida del protagonista.
Problemas relacionados con arterias obstruidas y un corazón débil abren las
puertas para descubrir cómo perdió la pasión en el matrimonio con Phoebe, quien
decidiría dejarlo, y su intento por redimirse al casarse con su amante Merete,
una joven bella pero poco interesante e incapaz de actuar por su cuenta en
momentos de crisis. Perder a Phoebe y, por tanto, no poder estar tan presente
como quisiera en la vida de su hija Nancy, se tornará en uno de sus mayores
arrepentimientos al verse solo en su vejez. Aquí comienza la recriminación a sí
mismo, la frustración por descubrir que la juventud y sexualidad que en algún
momento le revitalizaran no bastaban para convertir a Merete en una compañera
permanente.
Poco a poco
experimentamos la frustración ante la salud perdida sin más explicación que la fatalidad
y el paso del tiempo, además de los golpes de ver envejecer y morir a los seres
amados. La pérdida de sus padres y el horror del entierro tradicional judío,
donde son los mismos familiares quienes rellenan la tumba, dan el esperado
golpe de tristeza pero además permiten la contemplación de un cadáver como un
cascarón vacío, más parecido a una roca que a la persona amada. La muerte es
solo eso, el acontecimiento final, no un viaje místico, no un misterio sobrenatural.
La certeza de la ausencia de vida después de la muerte y el temor a lo
repentino de la misma van de la mano mientras entendemos el impacto que
significa el que la vida siga aún si las personas más significativas
desaparecen. En su conversación con un sepulturero que está cerca de retirarse,
se sorprende al comprender que ese hombre cavó la tumba de sus padres, tal como
lo hizo con la de varios otros en ese mismo cementerio, y que se prepara para
dejar el puesto a su hijo más joven. Es quizás este el momento de despedida, el
último acto para comprender cómo todos estamos tan acostumbrados a vivir que
olvidamos lo natural de morir.
El fracaso de sus
romances y el deterioro de su salud conducirán al protagonista a una vejez
solitaria marcada por las hospitalizaciones constantes. Su intento por llevar
una vida normal y apacible, cerca de la costa y rodeado de otros retirados, se
convierte en el más profundo aislamiento del mundo y el constante recordatorio
sobre el fin de sus días. Incapacitado para nadar en el océano, la sensación de
pérdida de la fuerza se hace aún más grande y surge un profundo sentido de
dependencia de los otros, el cual no sentía desde niño cuando requería a su
madre cerca para las operaciones. En una reseña para el new york times, Nadine
Gordimer resalta la manera en que Roth emplea el deseo sexual en la vejez para
mostrar la lucha del hombre contra la muerte, y al ligar esto con el nado en el
océano encontramos dos elementos que se conjugan para mostrar el
desvanecimiento de la fuerza. Los pasajes
relacionados con el nado ofrecen escenas vibrantes de vida, y es contra el
océano que el hmbre cualquiera prueba su fuerza de vida. En la juventud, nadar
evocaba la aparente invencibilidad de la salud física y la promesa de la
sexualidad. [1]
(Dean, 2008) La vitalidad de nuestro protagonista se ve reflejada tanto en su
capacidad de nadador como en la de conquistador, en su fuerza para enfrentar la
marea. No se niega el deseo sexual en la vejez, lo que se muestra es la pérdida
del ánimo, de la confianza, y de la capacidad física para mantener una relación
sexual; del mismo modo, existe deseo por enfrentar el océano, pero este resulta
intimidante e indomable ante la pérdida de la salud y la fuerza muscular; el
deseo por vivir está pero el cuerpo
cada vez tiene menos capacidad para satisfacerlo y la aceptación y
consecuencias de este decaimiento es lo que ronda a lo largo de las reflexiones
del protagonista.
Esta inseguridad lleva al
protagonista a perder contacto con sus amigos, la culpa no le permite recurrir
a sus hijos, los celos ante la salud de su hermano mayor lo alejan de él y el
miedo lo aleja del suicidio. El propio sujeto deja de sentirse parte de algo, es más, llega a ser
incapaz de ser parte nuevamente, y su
paulatino aislamiento parece prepararlo para la soledad de la tumba. El relato
se torna cada vez más pesimista, cargado de imágenes desgarradoras donde la
presencia de los otros es menor, y cuando se da pareciera encaminarse siempre a
dar cierre a la vida del personaje: enfermedades terminales, suicidios,
depresión y soledad son temas recurrentes en estos últimos pasajes. La
franqueza de este pesimismo golpea fuerte en la mente del lector, lo enfrenta a
una reflexión cruda sobre el abandono y la soledad de un fin que no promete
nada más que eso, ser el final. El último brillo de esperanza, de fuerzas para
retomar la vida, se da justo momentos antes de hacer la última entrada al
quirófano donde la muerte toma al protagonista sin darle la oportunidad cruzar
unas últimas palabras con su hija o hermano.
Aunque el tema más fuerte
de la novela es la confrontación con la mortalidad, no se puede dejar de lado
los elementos relacionados con la definición del individuo y la toma de
decisiones. Los cuestionamientos por la propia identidad comienzan desde muy
temprano y siguen apareciendo cada vez que el protagonista se riñe con su pasado,
pone en una balanza lo que esperaba de la vejez y lo que ha logrado, se ve al
límite de preguntar si vale la pena perseguir algo aún. Bien sea la joven
esbelta que trota cada mañana frente a su casa y a la que desea al mismo tiempo
que confronta la merma del apetito sexual, o la pérdida del deseo de pintar y
la consecuente crítica hacia su propio talento, el debate frente a lo que
construye como ser dentro del mundo con un propósito está latente ¿Se puede
tener en verdad un propósito si, al final, la existencia termina sin más? El
tormento de esta pregunta solo desaparece ante una tardía aceptación de las
limitaciones de la vejez y la determinación de enmendar lo que aún pueda
enmendarse. Sin embargo, tal como sucedió con el niño del hospital y la peritonitis,
no hay resolución suficiente que pueda frenar lo inevitable.
GINA ALEXANDRA VELÁSQUEZ
CARDONA 1331391
DEAN, Louise (2008) Book Of A Lifetime: Everyman, by Philip Roth. De: Independent. Sitio web: http://www.independent.co.uk/arts-entertainment/books/features/book-of-a-lifetime-everyman-by-philip-roth-882270.html
GORDIMER, Nadine (2006). Lust and Death. De: The New York Times Sunday Book Review. Sitio
Web: http://www.nytimes.com/2006/05/07/books/review/07gord.html?_r=0
NETTEL, Guadalupe. (2006). Elegía,
De Philip Roth. De: Letras Libres.
Sitio web: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/elegia-phillip-roth
ROTH, Philip (2014) Elegía en Las Némesis. Bogotá,
Colombia: Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.S.
[1] “The passages on swimming
offer some vivid scenes of life, and it is against the sea that Everyman tests
his living strength. In youth, swimming evokes the apparent invincibility of
physical health and the promise of sexuality.”