lunes, 12 de diciembre de 2016

ERA MUERTE Y NADA MÁS QUE ESO

“Lo que veía era el contorno en altorrelieve de una anciana dormida. Lo que veía era una piedra, el gran peso de una losa pétrea y sepulcral que dice: la muerte eso solo muerte…no es más que eso”
Roth, 2014 p90


Duras palabras que pocos dedicarían a las memorias del fallecimiento de su madre, pero acertadas dentro de una novela donde la muerte poco tiene de místico o extraño y mucho de inevitable y aterrador. Es esta clase de relato reflexivo el que encontramos en Elegía (Everyman en su título original) de Philip Roth, una novela sobre la presencia constante y natural de la muerte en la vida de un hombre cualquiera cuyo nombre no conocemos, pero cuya vida escudriñaremos en búsqueda de sus confrontaciones con la mortalidad, la pregunta por cómo y para qué vivir, las crisis propias de la vejez, lo natural de la presencia de la muerte en distintas etapas de la vida, así como el miedo a enfrentarla y los esfuerzos vanos por huir de ella.


El narrador se muestra implacable con el protagonista, tan duro como solemos ser con nosotros mismos en los momentos de insomnio. Sin embargo, Roth no condena: trata de entender y de poner en escena a un hombre, cualquier hombre de nuestra sociedad y nuestro tiempo –como sugiere el título original del libro, Everyman– que sopesa las decisiones tomadas a lo largo de su vida. (Nettel, 2006)

El relato comienza durante el funeral del protagonista, un judío y expublicista que deja tras sí tres hijos de los cuales dos le odiaron hasta el final de sus días, tres matrimonios fallidos, un hermano mayor que le sobrevivió y unos cuantos antiguos compañeros de trabajo. A partir de este punto realizaremos un viaje que inicia en su niñez y termina varios años después, justo cuando la muerte lo toma desprevenido en el quirófano. Este viaje queda marcado por la enfermedad, los episodios de hospitalización donde comienza y se fortalece el miedo a la muerte y las reflexiones durante la vejez en torno a los autoengaños, errores y aciertos de un hombre ni excepcionalmente bueno ni escandalosamente malvado, pero retratado con tal franqueza en sus fortalezas y debilidades que su historia no solo es factible, si no conmovedora por su propia naturalidad. El relato es tan íntimo y empático como para lograr que la narración en tercera persona no distancie al lector de las vivencias de este personaje, y el lamento por la muerte se plasma con sinceridad sin tener que caer en una larga agonía explícita, sino como el lento decaimiento durante la vejez donde lo único que queda es revisar las fallas del pasado y confrontarlas con la soledad del presente, con la inminencia de la pequeñez del individuo frente a lo inevitable.

El primer período de hospitalización importante del protagonista se da durante su infancia debido a una hernia. La vulnerabilidad y el miedo aparecen para definir ese momento: es la primera vez que pasará la noche lejos de su familia, preparándose para una operación y con el recuerdo fresco de un cadáver que encontró en un paseo por la playa poco antes. Esto se une a la desalentadora imagen de su compañero de cuarto en el hospital, un niño más o menos de su edad que no consigue sobrevivir esa noche. La muerte se presenta en forma de niño enfermo y esto es razón mayor para temer a la cirugía pese a las garantías que tanto los médicos como sus padres le han dado. El temor del niño es tan grande que cuando su compañero de cuarto entra en crisis durante la noche, las sombras de los médicos tras la cortina que los separa parecen las de asesinos de pesadilla listos para tomar la vida del pequeño, no la de los profesionales azarados por salvar a alguien. El contraste entre el miedo que le provocan estas sombras y la aparición de la enfermera a su lado para calmarlo y pedirle que duerma se une con la imagen de la cama vacía al día siguiente, una serie rápida y repentina de eventos como lo serán las crisis que le aguardan en el futuro.

El tiempo dedicado a la infancia no es mayor, pero sí determinante en referencia con los eventos a futuro. La caracterización de un niño gentil, hijo del dueño de una joyería, con una buena salud salvo por el incidente de la hernia y otro problema menor, funda las bases de los sueños de ese pequeño que deseaba ser artista, desearía luego ser buen esposo, luego buen padre, y en algún momento fallaría en ello. Esta breve mirada sobre la tienda de joyas da algo de contexto sobre los orígenes de este hombre cualquiera, su buena salud, la de su familia y el ambiente ameno de su crianza. El espacio dedicado a hablar de los relojes que su padre solía recibir bien fuera para reparaciones o para pagos iniciales, se pone en paralelo con la durabilidad de las joyas que se venden en la tienda, lo irreparable de los unos y la durabilidad de las otras. Los relojes que no tenían forma de repararse se apilaban por montones en los cajones, se sacaba de ellos partes que pudieran servir aún pero no se tiraban a la basura, sino que estaban ahí para ser examinados por el niño curioso. La vida de uno solo se pierde, como muchas otras, pero las memorias sobreviven un poco más, el legado prevalece por más tiempo.

Tras este episodio pasamos rápidamente, sin más aviso que un mayor espacio entre un párrafo y otro, a su siguiente malestar varios años después cuando ya se encuentra con su segunda esposa, Phoebe. Aun gozando de juventud y tras años de buena salud, dieta sana y ejercicio, nuestro protagonista se encuentra angustiado ante la grandeza del cielo y se hace consiente de su propia insignificancia, embargado de repente por el miedo a lo pequeño que él mismo resulta frente a todo cuanto le rodea. Se nos dice que ha estado en la guerra de Corea y que ni siquiera en ese entorno llegó a sentir un temor semejante, es más, se encuentra en el mejor momento de su vida ¿Qué puede ser ese temor, esa repentina conciencia de la fragilidad humana? Parece ser la antesala a la enfermedad venidera de la que aún no puede saber, y más adelante se relacionará con la fragilidad de la vejez que todavía ve lejana. Así mismo nos permitimos saber un poco sobre Cecilia, su primera esposa, y la manera en que él decidió abandonarla tras descubrir que el ideal de matrimonio que había tenido en mente no era el que le aguardaba con ella. Phoebe es más dócil, joven y cariñosa, y aunque está convencido de haber tomado la decisión correcta, no deja de sentir culpa por romper la estabilidad de esa familia: Dos hijos que lo odiarían hasta la muerte, una exesposa herida que haría igual.

Estos datos en apariencia anecdóticos están ahí con el fin de presentar la discrepancia entre la imagen y proyectos que tenía para sí, y lo que la vida le ha ofrecido en cambio, mostrar el abandono de ciertos sueños en pro de una realidad más estable o mejor. El personaje se considera a sí mismo muy tradicional, chapado a la antigua si queremos emplear el calificativo dado en la novela, y confiesa que al casarse con Cecilia creía en una relación que durara hasta la muerte; sin embargo, la realidad llega en forma de matrimonio fallido para enseñarle que los planes no siempre funcionan tal como se espera y a veces es necesario enfrentar el desacierto, destruir la estabilidad para buscar la felicidad. Así mismo, recuerda el abandono de su sueño de convertirse en artista debido a lo poco rentable de dicha profesión, y la manera en que pese a desempeñarse exitosamente en el área de publicidad vive planeando un retiro en el que pueda pintar cada día. La imagen que tenía de sí mismo ha comenzado a venirse abajo poco a poco, y el golpe de una peritonitis casi mortal será la primera prueba de la velocidad a la que puede deteriorarse la vida humana hasta quedar al borde de la muerte. Ni la felicidad ni la vida activa pueden poner freno a la enfermedad, y se requiere de un esfuerzo médico para escapar del fin. Las palabras que su médico le pronuncia mientras se recupera en el hospital son pocas pero contundentes, cuando con impaciencia pregunta por su fecha de salida, preocupado por perderse el otoño de 1967: ¿Es que todavía no lo entiende? Ha estado a punto de perdérselo todo. (Roth, 2014 p.40)

Pasaran veintidós años antes de volver a encontrar a este hombre contemplando de cerca la muerte. La novela no trata de enfocarse en la cotidianidad sino en las crisis, por lo que será a raíz de estas que conoceremos otros aspectos de la vida del protagonista. Problemas relacionados con arterias obstruidas y un corazón débil abren las puertas para descubrir cómo perdió la pasión en el matrimonio con Phoebe, quien decidiría dejarlo, y su intento por redimirse al casarse con su amante Merete, una joven bella pero poco interesante e incapaz de actuar por su cuenta en momentos de crisis. Perder a Phoebe y, por tanto, no poder estar tan presente como quisiera en la vida de su hija Nancy, se tornará en uno de sus mayores arrepentimientos al verse solo en su vejez. Aquí comienza la recriminación a sí mismo, la frustración por descubrir que la juventud y sexualidad que en algún momento le revitalizaran no bastaban para convertir a Merete en una compañera permanente.

Poco a poco experimentamos la frustración ante la salud perdida sin más explicación que la fatalidad y el paso del tiempo, además de los golpes de ver envejecer y morir a los seres amados. La pérdida de sus padres y el horror del entierro tradicional judío, donde son los mismos familiares quienes rellenan la tumba, dan el esperado golpe de tristeza pero además permiten la contemplación de un cadáver como un cascarón vacío, más parecido a una roca que a la persona amada. La muerte es solo eso, el acontecimiento final, no un viaje místico, no un misterio sobrenatural. La certeza de la ausencia de vida después de la muerte y el temor a lo repentino de la misma van de la mano mientras entendemos el impacto que significa el que la vida siga aún si las personas más significativas desaparecen. En su conversación con un sepulturero que está cerca de retirarse, se sorprende al comprender que ese hombre cavó la tumba de sus padres, tal como lo hizo con la de varios otros en ese mismo cementerio, y que se prepara para dejar el puesto a su hijo más joven. Es quizás este el momento de despedida, el último acto para comprender cómo todos estamos tan acostumbrados a vivir que olvidamos lo natural de morir.

El fracaso de sus romances y el deterioro de su salud conducirán al protagonista a una vejez solitaria marcada por las hospitalizaciones constantes. Su intento por llevar una vida normal y apacible, cerca de la costa y rodeado de otros retirados, se convierte en el más profundo aislamiento del mundo y el constante recordatorio sobre el fin de sus días. Incapacitado para nadar en el océano, la sensación de pérdida de la fuerza se hace aún más grande y surge un profundo sentido de dependencia de los otros, el cual no sentía desde niño cuando requería a su madre cerca para las operaciones. En una reseña para el new york times, Nadine Gordimer resalta la manera en que Roth emplea el deseo sexual en la vejez para mostrar la lucha del hombre contra la muerte, y al ligar esto con el nado en el océano encontramos dos elementos que se conjugan para mostrar el desvanecimiento de la fuerza. Los pasajes relacionados con el nado ofrecen escenas vibrantes de vida, y es contra el océano que el hmbre cualquiera prueba su fuerza de vida. En la juventud, nadar evocaba la aparente invencibilidad de la salud física y la promesa de la sexualidad. [1] (Dean, 2008) La vitalidad de nuestro protagonista se ve reflejada tanto en su capacidad de nadador como en la de conquistador, en su fuerza para enfrentar la marea. No se niega el deseo sexual en la vejez, lo que se muestra es la pérdida del ánimo, de la confianza, y de la capacidad física para mantener una relación sexual; del mismo modo, existe deseo por enfrentar el océano, pero este resulta intimidante e indomable ante la pérdida de la salud y la fuerza muscular; el deseo por vivir está pero el cuerpo cada vez tiene menos capacidad para satisfacerlo y la aceptación y consecuencias de este decaimiento es lo que ronda a lo largo de las reflexiones del protagonista.

Esta inseguridad lleva al protagonista a perder contacto con sus amigos, la culpa no le permite recurrir a sus hijos, los celos ante la salud de su hermano mayor lo alejan de él y el miedo lo aleja del suicidio. El propio sujeto deja de sentirse parte de algo, es más, llega a ser incapaz de ser parte nuevamente, y su paulatino aislamiento parece prepararlo para la soledad de la tumba. El relato se torna cada vez más pesimista, cargado de imágenes desgarradoras donde la presencia de los otros es menor, y cuando se da pareciera encaminarse siempre a dar cierre a la vida del personaje: enfermedades terminales, suicidios, depresión y soledad son temas recurrentes en estos últimos pasajes. La franqueza de este pesimismo golpea fuerte en la mente del lector, lo enfrenta a una reflexión cruda sobre el abandono y la soledad de un fin que no promete nada más que eso, ser el final. El último brillo de esperanza, de fuerzas para retomar la vida, se da justo momentos antes de hacer la última entrada al quirófano donde la muerte toma al protagonista sin darle la oportunidad cruzar unas últimas palabras con su hija o hermano.

Aunque el tema más fuerte de la novela es la confrontación con la mortalidad, no se puede dejar de lado los elementos relacionados con la definición del individuo y la toma de decisiones. Los cuestionamientos por la propia identidad comienzan desde muy temprano y siguen apareciendo cada vez que el protagonista se riñe con su pasado, pone en una balanza lo que esperaba de la vejez y lo que ha logrado, se ve al límite de preguntar si vale la pena perseguir algo aún. Bien sea la joven esbelta que trota cada mañana frente a su casa y a la que desea al mismo tiempo que confronta la merma del apetito sexual, o la pérdida del deseo de pintar y la consecuente crítica hacia su propio talento, el debate frente a lo que construye como ser dentro del mundo con un propósito está latente ¿Se puede tener en verdad un propósito si, al final, la existencia termina sin más? El tormento de esta pregunta solo desaparece ante una tardía aceptación de las limitaciones de la vejez y la determinación de enmendar lo que aún pueda enmendarse. Sin embargo, tal como sucedió con el niño del hospital y la peritonitis, no hay resolución suficiente que pueda frenar lo inevitable.

GINA ALEXANDRA VELÁSQUEZ CARDONA                    1331391

DEAN, Louise (2008) Book Of A Lifetime: Everyman, by Philip Roth. De: Independent. Sitio web: http://www.independent.co.uk/arts-entertainment/books/features/book-of-a-lifetime-everyman-by-philip-roth-882270.html
GORDIMER, Nadine (2006). Lust and Death. De: The New York Times Sunday Book Review. Sitio Web: http://www.nytimes.com/2006/05/07/books/review/07gord.html?_r=0
NETTEL, Guadalupe. (2006). Elegía, De Philip Roth. De: Letras Libres. Sitio web: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/elegia-phillip-roth
ROTH, Philip (2014) Elegía en Las Némesis. Bogotá, Colombia: Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.S.




[1] “The passages on swimming offer some vivid scenes of life, and it is against the sea that Everyman tests his living strength. In youth, swimming evokes the apparent invincibility of physical health and the promise of sexuality.”

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